La crisis ecológica y el colapso climático han puesto en cuestión el dogma del crecimiento económico ilimitado. El decrecimiento se plantea, en este contexto, no como una recesión caótica, sino como una reducción planificada de los flujos de energía y materiales, especialmente en los países enriquecidos, para respetar los límites planetarios y avanzar hacia sociedades más justas (D’Alisa, Demaria y Kallis, 2015, citados en Hennen, 2021). La pregunta incómoda, sin embargo, es qué papel juega el tamaño de la población humana en esta ecuación: a igualdad de patrones de vida, más población implica mayor presión sobre los ecosistemas. En este punto, el antinatalismo de David Benatar ofrece un marco provocador para pensar la posibilidad de una reducción voluntaria y gradual de la población mundial, siempre dentro de un horizonte de respeto estricto a los derechos humanos y de rechazo absoluto a cualquier forma de violencia o coerción (Benatar, 2006, 2017).

En el ámbito de la economía ecológica, el decrecimiento suele definirse como una disminución democrática de la producción y el consumo con el objetivo de alcanzar justicia social y sostenibilidad ecológica (D’Alisa et al., 2015, citados en Hennen, 2021). Esta propuesta parte de varios diagnósticos: en un planeta finito, el crecimiento económico ilimitado es biogeofísicamente inviable; el aumento del PIB global ha ido acompañado de un incremento de las emisiones, la pérdida de biodiversidad y la degradación general de los ecosistemas; y la promesa de un desacoplamiento absoluto y robusto entre crecimiento y daño ambiental sigue siendo extremadamente discutida (Hennen, 2021; McLaughlin, 2024). El decrecimiento propone, por tanto, reducir las actividades material y energéticamente más intensivas —la economía fósil, el hiperconsumo, los sectores superfluos— mientras se refuerzan ámbitos socialmente valiosos como los cuidados, la salud o la educación (D’Alisa et al., 2015).
La mayor parte de la literatura decrecentista ha insistido, con razón, en que el problema principal no es “demasiada gente” en abstracto, sino el sobreconsumo concentrado en el Norte global y las profundas desigualdades en el acceso a recursos y energía (Population Matters, 2024). No obstante, si se acepta que el sistema socioeconómico actual ya ha superado varios límites ecológicos clave y que incluso con grandes mejoras tecnológicas será difícil sostener altos niveles de consumo para una población mundial creciente sin agravar la crisis, la idea de una población global en descenso gradual empieza a aparecer como un factor que podría facilitar la transición hacia sociedades de baja energía, más frugales y equitativas (Hennen, 2021; Population Matters, 2024).
En este cruce entre decrecimiento y demografía, el antinatalismo de David Benatar introduce un giro ético radical. En Better Never to Have Been: The Harm of Coming into Existence, Benatar (2006) defiende que venir a la existencia es siempre un daño para quien nace y que, por tanto, procrear es, en casi todos los casos, moralmente incorrecto. Su posición se articula en torno a una asimetría entre placer y dolor: la presencia de sufrimiento es mala; la presencia de placer es buena; la ausencia de sufrimiento es buena incluso si no hay nadie que disfrute de ese bien; y la ausencia de placer no es mala a menos que exista alguien para quien esa ausencia constituya una pérdida (Benatar, 2006). Al comparar dos escenarios —uno en el que una persona existe y otro en el que nunca llega a existir— Benatar concluye que el escenario de no existencia es siempre mejor en términos de daño evitado, porque la no existencia elimina la posibilidad de cualquier sufrimiento sin generar una “pérdida” real de placeres para nadie en particular (Benatar, 2006; Benatar, 1997).
En The Human Predicament: A Candid Guide to Life’s Biggest Questions, Benatar (2017) amplía este marco hacia un pesimismo filosófico general: el mundo, sostiene, es globalmente peor de lo que creemos; la vida humana está atravesada por sufrimientos físicos, psicológicos y existenciales que tendemos a subestimar; y la desaparición gradual de la humanidad mediante el cese de la reproducción sería, en principio, moralmente preferible a su perpetuación indefinida. Su conclusión es que no existe ningún deber de crear nuevas vidas “felices”, pero sí un fuerte deber de evitar traer al mundo vidas que, inevitablemente, incorporarán sufrimiento (Benatar, 2006, 2017).

La asimetría de Benatar ha suscitado críticas importantes. Brown (2011) sostiene que, si aceptamos valorar impersonalmente la ausencia de sufrimiento como “buena” incluso sin sujetos, también podríamos atribuir valor positivo a la presencia de placer, lo que debilitaría la unidireccionalidad del argumento. Magnusson (2019) ha señalado que el razonamiento oscila entre conceptos personales e impersonales de valor y que ello dificulta la transición desde la asimetría descriptiva hacia la conclusión normativa fuerte de que “siempre es mejor no existir”. Otros autores subrayan que la vida humana incorpora bienes relacionales, creativos y políticos que no pueden reducirse a un balance contable de dolor y placer, lo que cuestiona la pretensión de que toda existencia sea, en su conjunto, un daño (Brown, 2011; Magnusson, 2019). Sin embargo, incluso si no se acepta la versión más radical del antinatalismo, la propuesta de Benatar obliga a replantear un presupuesto cultural muy arraigado: el pronatalismo. En muchas sociedades, tener hijos se considera no solo una opción personal, sino un ideal de vida casi normativo. El antinatalismo benatariano invierte esa intuición: la decisión de no procrear puede ser, en muchas circunstancias, moralmente más cuidadosa y compasiva que la decisión de traer nuevas personas al mundo (Benatar, 2006; Van Niekerk, 2022).

Cuando esta crítica al pronatalismo se pone en diálogo con el decrecimiento, aparece una doble capa argumentativa. Por un lado, si la existencia implica daños inevitables para quien nace, hay razones éticas individuales para considerar legítimo, e incluso valioso, no tener descendencia (Benatar, 2006, 2017). Por otro lado, si cada nueva vida conlleva una huella ecológica adicional —y si esa huella es desproporcionadamente alta en los estilos de vida de consumo intensivo—, hay también razones eco-políticas para reducir la natalidad, sobre todo en las regiones de mayor impacto per cápita (Hennen, 2021; Population Matters, 2024). La conjunción de estas dos dimensiones sugiere que la reducción voluntaria de la población mundial podría entenderse como parte de una estrategia coherente de decrecimiento: disminuir el daño para las personas potenciales y reducir simultáneamente la presión global sobre los ecosistemas.
Esta perspectiva, sin embargo, solo puede sostenerse de manera ética si se apoya en políticas y prácticas no coercitivas. Un decrecimiento demográfico compatible con los derechos humanos pasa por garantizar un acceso universal a la educación sexual y a métodos anticonceptivos eficaces, por promover la autonomía reproductiva de las mujeres y por desmontar las presiones culturales que convierten la maternidad y la paternidad en un mandato implícito (Population Matters, 2024). También implica normalizar, a nivel simbólico, la decisión de no tener hijos: dejar de presentar la vida sin descendencia como una forma de déficit o fracaso biográfico y reconocerla como una opción razonable en un planeta sometido a una crisis ecológica profunda.

Desde el campo de la filosofía política y de la bioética se han advertido, con razón, los riesgos de que ciertos discursos sobre la “superpoblación” deriven en ecoautoritarismo o en propuestas selectivas que señalan a poblaciones concretas como “sobrantes” (Van Niekerk, 2022). La lectura de Benatar no debe usarse para legitimar ninguna forma de violencia, discriminación o control coercitivo de la natalidad. Su ideal de extinción humana es, por definición, voluntario y universal: se trata de que todos los grupos humanos, y especialmente quienes disfrutan de mayor privilegio, dejen de procrear; no de imponer políticas demográficas sobre colectivos específicos (Benatar, 2006; Van Niekerk, 2022). Cualquier apropiación selectiva o racista de estas ideas traiciona su núcleo ético.
Desde la perspectiva del decrecimiento, también sería un error reducir la crisis ecológica a un problema puramente demográfico. El 10 % más rico de la población mundial es responsable de una parte desproporcionada de las emisiones y del uso de recursos, mientras que miles de millones de personas viven por debajo de un nivel de vida digno (McLaughlin, 2024; Population Matters, 2024). Focalizar únicamente en el número total de habitantes puede invisibilizar estas desigualdades estructurales y desviar la atención de transformaciones imprescindibles en el modelo económico, en las infraestructuras y en la distribución del poder.
Pese a estas advertencias, el diálogo entre decrecimiento y antinatalismo deja una lección importante para el debate público. La pregunta central ya no es solo cómo mantener el crecimiento económico en un contexto de población creciente, sino qué implicaciones éticas tiene seguir trayendo nuevas generaciones a un mundo donde el calentamiento global, la pérdida de biodiversidad y la inestabilidad social amenazan con intensificarse (Benatar, 2017; Hennen, 2021). Frente al optimismo tecnológico y al pronatalismo acrítico, la combinación de decrecimiento y antinatalismo —bien entendida— invita a pensar la desescalada: menos consumo, menos presión material y, a medio y largo plazo, también menos población.

Una estrategia de decrecimiento demográfico ético podría formularse así: favorecer que la tasa de natalidad descienda de forma libre, informada y globalmente coordinada; articular políticas públicas que faciliten la decisión de no tener hijos para quienes así lo deseen; y vincular los discursos de justicia climática con la idea de que, en determinadas circunstancias, renunciar a la procreación puede ser una elección responsable y solidaria, no una renuncia egoísta (Population Matters, 2024; Van Niekerk, 2022). La propuesta de Benatar refuerza este horizonte al recordar que, más allá de cualquier cálculo ecológico, cada nacimiento introduce a un nuevo sujeto en un mundo atravesado por el sufrimiento, y que evitar ese daño potencial no es moralmente trivial (Benatar, 2006, 2017).
En última instancia, decrecimiento y antinatalismo convergen en una intuición compartida: la crisis actual exige abandonar la lógica de “más siempre es mejor”, tanto en lo económico como en lo demográfico. Renunciar al crecimiento sin límite y revisar críticamente el imperativo de la reproducción no significa despreciar la vida humana, sino reconocer que quizá la forma más responsable de habitar el mundo, en este momento histórico, pasa por aprender a ser menos, consumir menos y dejar más espacio —material y moral— a quienes ya están aquí.
Referencias
Benatar, D. (1997). Why it is better never to come into existence. American Philosophical Quarterly, 34(3), 345–355.
Benatar, D. (2006). Better never to have been: The harm of coming into existence. Clarendon Press.
Benatar, D. (2017). The human predicament: A candid guide to life’s biggest questions. Oxford University Press.
Brown, C. (2011). Better never to have been believed: Benatar on the harm of existence. Economics and Philosophy, 27(1), 45–52.
D’Alisa, G., Demaria, F., & Kallis, G. (Eds.). (2015). Degrowth: A vocabulary for a new era. Routledge.
Hennen, S. (2021). Concepts of justice in the degrowth debate (IPE Working Paper, 179). Institute for International Political Economy Berlin.
Magnusson, E. (2019). How to reject Benatar’s asymmetry argument. Manuscrito, Universitat Pompeu Fabra.
McLaughlin, E. (2024). Degrowth: Is there any consensus on whether it might be a good idea? Economics Observatory.
Population Matters. (2024, 28 de noviembre). What are the criticisms of degrowth? Population Matters.
Van Niekerk, A. A. (2022). Can human extinction be morally desirable? A critique of David Benatar’s anti-natalism. Stellenbosch Theological Journal, 8(1), 1–26.
